Una vez que yo no esté…

Una vez que yo no esté…»
Conversación con José Venturelli

Jaime Valdivieso

Jaime Valdivieso es autor de numerosos libros, entre ellos las novelas
Nunca el mismo río. Las máscaras del ruiseñor. Vive en Chile.

Araucaria de Chile. Nº 45, Madrid 1989.

Su nombre está en primera fila en la historia política y cultural de Chile de las últimas tres décadas. Probablemente no hay en el país otro mural que haya sido visto por más chilenos que el que José Venturelli dejó pintado en el rincón oeste de la Librería Universitaria de Santiago; nadie que sepa algo, además, de libros chilenos, olvidará la célebre primera edición del Canto General de Neruda, ilustrada por el pintor. Son apenas dos anécdotas menores en el dilatado itinerario de este artista notable que falleciera el año pasado en Ginebra, Suiza. Algunos meses antes de morir había viajado a Chile. Allí lo entrevistó el escritor Jaime Valdivieso con la promesa de publicar el texto de la presente conversación sólo después que él hubiera partido.

José, tenías veinte años cuando esa tuberculosis aguda dejó uno de tus pulmones sin aire para siempre y sólo la mitad del otro respirando. En el reportaje que te hacen sobre tu trabajo en la iglesia de la Madeleine, comienzan diciendo «Una lección de humildad». Esta actitud tuya, de humildad ante la vida, ante los hombres y ante tu propia obra, ¿tiene algo que ver con tu contacto permanente con la muerte?

-Mira, desgraciadamente he tenido algunas visitaciones al borde de la laguna Estigia -dice riendo-, pero por suerte los guardias aduaneros me han rechazado hasta la fecha. Yo pienso que es muy difícil aceptar la idea de la muerte en sí, la experiencia de dejar de vivir o de acercarse a los límites donde termina la vida. Me es difícil aceptar la idea del temor a la muerte. La gente tiene temor de dejar de vivir más que de morir, que es un estado muy diferente. Por otro lado, la muerte forma parte de la vida, es un hecho más de la vida, no habría vida si no hubiera muerte. Ella existe objetivamente. Es un hecho necesario. Pero al mismo tiempo nuestra actitud debe ser de plenitud. No podemos vivir bajo la amenaza. La enfermedad me llevó a conocer condiciones muy difíciles de la vida, no tanto por mí mismo. Yo no creo que haya estado sometido a situaciones extraordinariamente dolorosas, críticas, terribles; pero he convivido con los enfermos, y eso me ha permitido ver la vida, la enfermedad y la muerte de otros. Y yo pienso que eso ha enriquecido mucho mi vida. Creo que es una experiencia valiosa, pero no se la recomiendo a nadie porque el precio que hay que pagar a cambio es demasiado alto, pero una vez que la experiencia está allí, es de un valor muy grande.

Cuéntame cómo ha sido vivir estos cincuenta años siendo prácticamente la mitad física de un hombre.

-He hecho todo lo que quería hacer o que debía hacer en cada momento de mi vida. Nunca he tenido una actitud insolente frente a la enfermedad o a la muerte, pero tampoco una actitud de sometimiento. Si miro el conjunto de mi vida, no me puedo quejar. Confieso que mi vida no ha estado dedicada ni a la enfermedad ni a la muerte sino más bien a la vida.

Yo sé que parte importante de tu vida es el amor que sientes por Chile, por este pueblo, por nuestros artistas. Recuerdo que una vez me hablaste de tu amistad con Pablo Neruda e hiciste una reflexión sobre su obra que se me quedó grabada. ¿Te acuerdas de esa conversación que tuvimos hace años?

-Claro que sí. Yo he reflexionado mucho acerca de la importancia que tuvo la obra de Neruda para nosotros. Han pasado más de diez años de su muerte, y sus obras continúan siendo una fuente de inspiración, una fuente de riqueza, una percepción sensible de toda una realidad social, natural, histórica que somos nosotros, que es América Latina. Pienso que una de las grandes importancias que su obra tiene, y esto vale también para otros grandes poetas como Gabriela Mistral, es que les dio nombre a nuestras cosas; llevaron todo lo que era nuestro, lo cotidiano, lo hicieron objeto de belleza, lo descubrieron a través de su sensibilidad y lo incorporaron a nuestros valores, a nuestros materiales cotidianos más que a nuestros valores, para ir más lejos en lo que nosotros somos.

Si a mí me preguntaran cómo es Venturelli, diría que primero eres chileno y después latinoamericano antes que nada, pero como todo eso está tan bien reflejado en tu pintura, quisiera que me hablaras de la influencia china. ¿Cómo explicas tú esa permeabilidad tuya a la influencia de una pintura que aparentemente es tan lejana a nuestra cultura occidental?

-Tendría que decir mucho de los chinos. Estoy muy agradecido. Creo que es una tradición riquísima. Creo que es una tradición mal conocida. Creo que la pintura china todavía tiene un gran rol que jugar dentro del arte universal. Cuando sea más conocida, más comprendida, entonces los aportes técnicos de la pintura china, que hoy son ignorados, serán de un gran valor.

La pintura china en sus comienzos, bueno, sus comienzos son lejanísimos, pero en fin; ya en sus mejores momentos de esplendor tuvo enorme influencia en el Oriente. La pintura china influyó en Asia Menor, en la India, desde luego en el arte coreano, en el arte japonés, no sólo en los tiempos clásicos sino en los tiempos más modernos. En los tiempos de Ming en China hubo grandes maestros como el Se-chu, el Toyoda, que llevaron estas influencias y hubo grandes intercambios culturales en aquella época. No olvidemos que China tuvo relaciones con Roma, con el mundo árabe, las obras de Avicena se publicaron antes en China que en Europa. En cambio, en nuestro siglo y el pasado, cuando se proclamó el peligro amarillo se levantaron muros de separación y división.

Todavía en el mercado de Puebla uno puede ver las influencias de la cerámica china, que vienen de la época de la nao de Acapulco, es decir de la época colonial. De Acapulco iban las naves españolas… Bueno, pienso que hay allí un gran tesoro que es preciso descubrir y penetrar.

A mí me ha enriquecido mi manera de pintar. Las técnicas, los materiales que utilizan, pero sobre todo la concepción, que en el fondo es la concepción del mundo y la percepción de ese mundo desde el punto de vista de lo visual. Pero, básicamente, para mí fue la confrontación con la formación que yo había recibido. Una formación basada en todos los cánones derivados del renacimiento italiano. Los cánones de la representación de la naturaleza, el hombre como el centro del Universo, el hombre como la medida más bella de las cosas, la proporción áurea como la medida del hombre, y ésa como la proporción por esencia de la naturaleza. La visión del hombre como el criterio de la verdad. Lo que el hombre veía era lo que existía. Lo que el hombre no veía, no existía. Y esto llevaba a la idea de que la verdad éramos nosotros, de que era nuestra manera de mirar el mundo.

Para mí la pintura china fue lo contrario, porque ella está basada en otra concepción del mundo. En un mundo que, si bien es estático, es un gran círculo que permite el movimiento dentro de sí, y este gran karma contenía el total, contenía el hombre, contenía la naturaleza, contenía el cosmos, y el hombre podía encontrar la bondad y la belleza, en la medida en que se pareciera o se incorporara a esta gran ley universal, y no en la medida en que tratara de transformar la naturaleza o transformarse a sí mismo, o batirse con la naturaleza.

Entonces no sólo fue una influencia en el aspecto técnico, material. Te abrió otra perspectiva, otra manera de concebir la realidad.

-Eso es, exactamente. Eso, eso. Por ejemplo, la perspectiva, que es una de las grandes invenciones, sobre todo del renacimiento italiano, es una perspectiva geométrica, es decir, la visión del ojo humano y de la deformación que crea la ilusión de la visión. La visión como ve el hombre las cosas, el ángulo exacto de visión del ojo humano. Resulta que en la pintura china no era así. Existían otros tipos, existían perspectivas aéreas, perspectivas cromáticas, perspectivas isométricas, visiones panorámicas de las cosas. Un paisaje que comienza en un extremo, y se volvía a juntar en el mismo extremo. Una visión panorámica; es decir, no se trataba sólo de las cosas como se veían, sino también de las cosas como eran. Por lo tanto, la pintura no sólo era la visión del mundo, sino la explicación de muchas cosas… Me acuerdo de un pintor chino, amigo mío, que a pesar de ser un anciano, era un anciano muy lúcido. Entre las muchas cosas que me dijo, recuerdo: «La pintura debe pintar tanto lo que se ve como lo que no se ve. Y en la pintura, lo más importante es lo que no se ve.» A través de mi vida me he dado cuenta de que tenía mucha razón.

China me mostró que había otra manera de hacer las cosas, otra manera de pensar en las cosas, sin que esto significara la negación de lo adquirido anteriormente.

Una vez pintaste un cuadro sobre la idea del hombre que busca dónde va a morir. Cuando hablamos de ese cuadro, me dijiste que es una inquietud de todos, y que es también una manera de pensar dónde va a vivir ese hombre. ¿Por qué no te vienes a vivir a Chile?

-A mí me gusta vivir en Chile, y me gustaría hacerlo de una manera que me permitiera trabajar y hacer lo que todavía puedo hacer y quiero hacer. Me siento una persona muy condicionada en la vida por Chile, me he sentido de la naturaleza de Chile, de la sociedad de Chile, de la cultura chilena. Y pienso en Chile como un lugar para vivir. Me preguntas por qué no me vengo a vivir o a morir en Chile. Hoy no podría responder, porque ni yo mismo me he hecho esa pregunta. Y creo que donde uno viva o donde uno muera no es lo que importa realmente. Para mí lo que importa de verdad es el producto de los individuos. En eso yo creo. Trabajar, y sobre todo el trabajo artístico, que es una forma de no morir. Pienso que si todos vamos haciendo ladrillitos, se conservarán, de todos nosotros, cosas muy concretas, independientemente de nuestra supervivencia personal que tiene límites muy precisos. Hay gente que vive la angustia de haberse desprendido de un pasado y no ser todavía pasado ni futuro. Yo en cambio creo que reconocer nuestro propio movimiento, nuestra diversidad y el derecho a que los demás sean diferentes de nosotros, es mejor y te hace más feliz. El pasado como un elemento que transformamos y el futuro como un elemento nuestro. Transformar. Eso es lo que deja tranquila mi conciencia y me dan muchas más ganas de trabajar… Estoy cansado, Jaime. Tú sabes que, me cansa hablar tanto.

Quiero pedirte un favor de amigo. Publica esta conversación una vez que yo no esté.

FUENTE: http://www.blest.eu/cultura/venturelli.html